La acumulación compulsiva

Hace mucho que no escribo en el blog, lo he tenido bastante abandonado por falta de tiempo: familia, cursos, trabajo ajenos a la organización, y trabajos que han requerido mi experiencia como organizadora profesional. Y es por ello que me he decidido a hacer un post sobre un tema con el que me he encontrado en alguna de las casas donde he estado y que es más común de lo que podamos pensar: la acumulación compulsiva.

Cuando hablamos de un acumulador compulsivo todos pensamos en el Síndrome de Diógenes, pero hay que saber diferenciarlos porque a pesar de tener rasgos comunes hay evidentes diferencias entre una y otra.

Según Forumclinic, la página web del Hospital Clínic de Barcelona, un acumulador compulsivo tiende a adquirir, ya sea comprando, pidiendo o, incluso, robando objetos que posiblemente no vaya a utilizar nunca, valoran si algún día les podría ser útil sin pensar en las probabilidades de si realmente lo utilizaran o no. Tienden a tener sus cosas ordenadas pero la enorme cantidad de objetos que pueden llegar a acumular hace que llegue un punto que el orden es inviable, por lo que la probable utilización de algo que hayan guardado será nula ante la imposibilidad de volverlo a encontrar. Las relaciones familiares y sociales pueden verse afectadas por la falta de espacio en el hogar y la negativa del acumulador a deshacerse de lo inútil o por la vergüenza que les supone siendo conscientes de lo que les ocurre. El problema principal del acumulador compulsivo se relaciona con la dificultad para tomar decisiones; el dilema radica entre tirar o guardar y ésto les genera un conflicto interno que acaba decantándose siempre hacia el “guardar por si acaso”.

Según la web citada, tanto el tratamiento farmacológico como el tratamiento psicológico, son de escasa eficacia en este trastorno. Es por ello que la solución más efectiva sea tirar periódicamente las cosas acumuladas, ya sea de manera forzada o voluntaria, acompañando a la persona a discernir lo que realmente será útil guardar o no.

El ICD, Institute Challenging Disorganization, ha elaborado una escala para valorar el grado de acumulación compulsiva, trastorno más común de lo que podamos pensar en los grados más bajos.

Bajo

Son ambientes domésticos que se consideran con una cantidad de desorden estándar. En estos casos no se requiere un conocimiento especializado para trabajar con un individuo crónicamente desorganizados.

Moderado

En este ambiente doméstico se requiere de Organizadores Profesionales que tengan conocimientos y entendimiento de la desorganización crónica.

Elevado

Este se considera en punto de quiebre entre una casa desordenada y una con acumulación compulsiva. Es necesario tener entrenamiento en desorganización crónica y contar con una red de apoyo que incluya profesionales en salud mental

Alto

Sin lugar a dudas es un ambiente que requiere un equipo de colaboración que incluya profesionales de salud mental, Organizadores Profesionales, equipo de reparación y limpieza extrema, exterminadores, trabajadores sociales en adición a la propia familia y amigos.

Severo

En estos casos, bajo ninguna circunstancia se debe trabajar en solitario. Es imperativo armar un equipo de colaboración incluya familiares, profesionales de la salud mental, trabajadores sociales, administradores inmobiliarios, autoridades de protección civil y municipales. Para evitar complicaciones hay que establecer acuerdos por escrito con todas las partes involucradas.

Via Nachorganiza

Junk shop

En el síndrome de Diógenes, la persona no adquiere sino que no tira nada llegando a acumular enormes cantidades de basura haciendo inhabitable su propia casa. Suele acompañarse por un deterioro en la higiene personal que acaba con aislamiento social, pudiendo llegar a recluirse en su hogar. A diferencia del acumulador, no son conscientes del problema ni saben explicar el motivo que les lleva a realizar esta actividad. Suele aparecer en la tercera edad y por lo general acompañado de otra enfermedades neurológicas como la demencia.

En este caso, los tratamientos farmacológicos y psicológicos tampoco suelen ser efectivos y requieren medidas de protección social y sanitarias.

Las diferencias son más que evidentes, aunque tendamos a ponerlos a todos en el mismo saco.

 

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